Atacan a joven con ácido; agresora se hizo pasar por vendedora de gelatinas

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La noche del 2 de noviembre, del ya lejano 2018, Helena Saldaña Aguilar sufrió uno de los peores dolores en su vida. Un ardor incontrolable la carcomía la cara, el pecho y los brazos. La piel de la joven de 23 años se deshacía, al unisono de su dolor un grito salía de su pecho, alcanzó a ver que la sustancia que la quemaba había alcanzado sus llaves y el metal burbujeaba.

Ese lunes, Helena se levantó hizo su rutina en el gimnasio, fue a su trabajo después a clases en la universidad y dio por terminado el día. Manejó unos 20 minutos hasta el portón de su calle en la alcaldía Iztacalco, CDMX, y estacionó el auto frente a su casa. Tomó su bolsa, ropa, papeles del trabajo, las llaves de la puerta principal y, para tener las manos libres, se puso un chaleco rojo para no tener que cargarlo.

Antes de lograr entrar a su hogar, apareció ella. Una ‘inofensiva vendedora de gelatinas’ que esperó a que la joven bajara de su automóvil para ofrecerle de manera insistente un postre.

Cuando Helena abrió la puerta, Mila, su golden retriever, salió disparada. Se plantó entre ambas y gruñó a la ‘comerciante’. Nunca, en sus dos años de vida, había mostrado los dientes a alguien. La falsa vendedora se desconcentró y dio unos pasos hacia atrás creyendo que Mila la atacaría. Cuando supo que ya no podría acercarse más a Helena, le aventó un recipiente abierto que escondía en la bolsa donde supuestamente guardaba gelatinas.

Un líquido incoloro que salió disparado y abofeteó el cuerpo de la joven. Era un ataque con ácido. Un tipo de agresión extrema que rara vez busca terminar con una vida. Lo que busca es que la vida se vuelva un tormento continuo hasta la muerte. Los perpetradores siempre se acercan tanto a sus víctimas que podrían dispararles con un arma de fuego o herirlas fatalmente con un arma blanca, pero ese no es el objetivo. La idea es causar un intenso dolor y desfigurar el rostro.

Inmediatamente, un intensísimo ardor recorrió el cuerpo de Helena. “Como si te consumieras por dentro o tus poros se cerraran llevándose tu piel… como si te derritieras, pero sin fuego”, intenta describir Helena. El dolor la hizo caer al piso y ahí vio que las llaves de su casa se consumían como un caracol con sal.

Giró y, para su sorpresa, la falsa vendedora seguía ahí. A pesar de los gritos de Helena que comenzaban a llamar la atención de los vecinos, ella no se había movido y la miraba fijamente. Entonces, Helena distinguió con terror algo en la mano de su atacante.

Aquella señora cargaba con un segundo recipiente.

Cuando vio a la falsa vendedora sosteniendo un segundo recipiente, cerró los ojos, sintió el persistente ardor y pensó, en un microsegundo, “esto es ácido“. Inmediatamente, se imaginó a esa señora parada junto a ella y vertiendo el resto del líquido como si fuera acero fundido. Pero el ardor no aumentó. Cuando abrió los ojos, pudo ver a la falsa vendedora desistir de hacerle más daño y huir con un hombre que usaba un cubrebocas y que la esperaba a lo lejos.

Helena se imaginó muerta ahí mismo. En minutos, mi cuerpo no aguantará esto y mi vida habrá terminado, creía Helena, pero la idea de que su abuela de 80 años —quien dos semanas antes había tenido complicaciones cardiacas— encontrara el cuerpo de su nieta en la puerta de su casa le pareció más insoportable que el ácido. Su abuela podría morir de un infarto. Así que eligió vivir: acumuló fuerzas y entró tambaleando a su casa luchando por no desmayarse.

Al entrar y arrojarse agua a su cara descubrió que tenía la oreja derecha negra, como carbonizada, la frente con los músculos expuestos, los labios blancos como si le hubiera untado crema, el cutis verde, el cuello café, los brazos y piernas rojas. 

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