EL MERCADO DE LA CARNE

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LAS VEGAS. Desde 1984, la AVN Adult Entertainment Expo atrae a miles de asistentes que disfrutan pasearse entre las estrellas del cine porno

Eva es una mujer bella. Está en la caseta a la espera de sus fanáticos. Se sabe una estrella y quienes caminan por su perímetro se acercan como moscas a la melaza. Cuando se arman de valor  le piden una foto o un autógrafo. Ella accede, sonriente, antes de proseguir su conversación con una compañera delante de un río humano que no cesa de crecer.

Pareciera algo inocuo. Pero dejarlo de esta forma sería un inicio de medias verdades.

Eva sí es una mujer bella. Una chica menuda a la que le cabría el diminutivo machista de “mami”. Escultural, bronceada y con pinta de porrista gringa. Para la industria que representa es una mina de oro.

Si le caes bien incluso adopta posturas imposibles. La que le tocó a quien esto escribe fue de esas que desarman: sobre una mesa se arrodilló de espaldas, empinando sus glúteos amelocotonados al máximo, y mirando hacia atrás, de perfil, con una media sonrisa capaz de derretir al témpano de hielo que acabó con el Titanic.

No es para menos. Es Eva Lovia, la estrella porno de 25 años que pasó de hacer escenas lésbicas a heterosexuales. Por eso el mar de gente, los fanáticos, las fotos, por eso anda en la caseta de la productora porno Brazzers. Y porque ella, al igual que una ruma de sus colegas, está complaciendo a sus fieles en el showroom del AVN Adult Entertainment Expo que se celebra en Las Vegas desde 1984.

Aunque no parezca, para cualquier periodista es difícil conseguir el permiso de su pareja para cubrir estos eventos. Se hace mucho menos complicado decirle a la dama en cuestión que la salida será hacia Afganistán con peligro de muerte.

AVN le debe su nombre a una revista, cuyas siglas significan Adult Video News. Es una publicación gruesa, de buen papel y mejor acabado (122 páginas de contenido, 386 números y 33 años de historia). No es barata. Cuesta 11.50 dólares, y no tiene nada que resaltarse salvo las turgencias que expone.

Para muchos periodistas sus páginas son el claro ejemplo de la muerte del oficio: entrevistas sin profundidad, publirreportajes, trabajos por encargo, líneas complacientes y unos anunciantes que podrían pesarse por gramos. Muchos, hay que decirlo, patrocinan lo increíble. ¿Ejemplos? Las pastillas Donkey para mejorar el desempeño masculino en la cama.  El libro “Jesus loves porn stars”, los productos Retired Pornstars, el peluche “Teddy Love”. Así como la colonia para caballeros Sure Fuck, cuyo nombre encierra una gigantesca mentira blanca en presentación de frasco pequeño: seguro coges.

Quizá haya sus incautos, pues de los más de 100 mil visitantes que acogió los tres días que duró la expo en el “Hard Rock Hotel and Casino”, muchos pararon en la caseta de la fragancia.

La gran mayoría de los asistentes son hombres maduros y de baja estatura. Algunos caminan, orondos, con puros encendidos. “Aquí son todos rucos y chaparros”, dijo con sorpresa un mexicano que a su vez respondía a la propia descripción.

También es cierto que había parejas de novias complacientes capaces de tomarles fotos a sus príncipes abrazados de estrellas porno, y grupos de mujeres jóvenes con tanto entusiasmo como ociosidad para caminar por esos pasillos con margaritas en frappé.

Uno de ellos, en silla de ruedas, se salta la fila para acercarse a Kayden Kross. La rubia tipo Barbie lleva un vestido corto y pegado, y en ese momento se está tomando fotos con algún fanático mientras ambos sostienen unos falos de papel rociados en escarcha. El de la silla de ruedas espera y con cierta impaciencia abre un bolso de tenista que tiene sobre sus piernas. En él se adivinan docenas de camisas enrolladas y atadas con ligas.

Nervioso, por la proximidad de estar con su estrella, las extiende con torpeza y vuelve a cerrar hasta dar con la indicada. Son de varios colores, con múltiples refranes e imágenes. La que elige en cuanto lo llaman es amarilla, y tiene dibujado a un hombre en silla de ruedas sobre esta leyenda: “Fuck Me! I’m on a wheelchair”.

Después, un bolígrafo que me lanza Tasha Reign en bikini me saca de la situación. Está sentada junto a la australiana Angela White, y ambas tienen montañas de DVD y de retratos para ser dedicados.

Un amigo que me acompañó intentó tomarse una foto, pero Reign le pidió 5 dólares a cambio. También, con voz picarona, la rubia ex Penthouse le propuso que le comprara una de sus películas a 20 dólares.

Mi amigo dijo: “tampoco voy a gastar mis billetes ahorita. Además, ¿te has fijado cómo hay celulitis por aquí?”. Eso también se puede notar cuando se camina por los pasillos de la expo: hay mujeres de relleno, otras engañosas y también las que ganan o pierden mucho en persona.

Las que nadie conoce o parecen una constelación de estrías andantes son más solícitas con los curiosos. Las leyendas como Julia Ann o Tera Patrick, en cambio, parecen los García Márquez o Paulo Coelho en una feria del libro, con enormes colas de mortales para intercambiar palabras y decir que estuvieron al lado del ídolo.

Algunos terceros han querido reflejar el mundo de esa industria salida de Sodoma y Gomorra. El más mainstream fue el intento de Paul Thomas Anderson en su película “Boogie nights”.

“Wonderland” y “Lovelace” también hicieron lo suyo con desiguales resultados: la manera un tanto torpe de presentar a los profesionales de esta rama del entretenimiento para adultos fue su mayor baza… Quizás los más interesantes son los que realizaron los autores Martin Amis (“Un negocio duro”) y David Foster Wallace (“Gran hijo rojo”). Documentales como “Thinking XXX”, “After porn ends”, “Naked ambition” e “Inside deep throat” pueden dar una idea del negocio.

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